
Mateo era el único niño del barrio que aún conservaba el balón de fútbol que le habían regalado para navidad. Los otros, es decir, los balones de Benjamín, Tomás, Vicente y Esteban ya no existían, habían sido devorados por los perros de los vecinos, otros se fueron en la parte trasera de un camión, y algunos estaban en poder de la vecina mas vieja del barrio. Sobre sus hombros entonces, Mateo tenía una gran responsabilidad: cuidar como un tesoro el único balón de fútbol que les quedaba para jugar al fútbol los fines de semana o cuando las tareas ya habían culminado.
Todos los domingos, Mateo y sus amigos se juntaban en la cancha de tierra a patear de pura diversión, fútbol por doquier, dos piedras como arco, los goles valían de cualquier lado y la llave de la plaza servía como refresco cuando el cansancio se apoderaba de los cuerpos.
La pelota de Mateo había sobrevivido a lo que las otras no habían podido, sin embargo, las reglas del fútbol no son las mismas que la de la casa, al arbitro se le puede alegar e insultar, pero a tu madre no.
Mateo disfrutaba con los enganches y paredes, pero sufría con las multiplicaciones y divisiones, Mateo disfrutaba con los goles y el triunfo, pero sufría con las derrotas y los decimales. Así como el técnico es claro en dar las indicaciones a sus jugadores, la madre de Mateo era clara también en sus decisiones: si sacaba un rojo más en matemáticas, sería castigado y debería olvidarse por un tiempo de jugar al fútbol con sus amigos, es decir, la pelota de fútbol estaría abandonada en una bodega por un buen tiempo hasta que Mateo logrará vencer por goleada a las matemáticas.
El partido mas difícil que tenía que enfrentar había llegado, era el y la prueba de matemáticas, Mateo pensaba que durante la semana se había preparado bien para derrotar por paliza a su duro rival, además sabía que una derrota llevaba a un castigo y que sus amigos quedarían sin pelota de fútbol, no se podía desconcentrar ni menos darse por vencido, partido difícil pero no por eso se debía bajar los brazo, era Mateo y las Matemáticas, partido difícil pero no imposible.
El domingo en la tarde, Benjamín, Tomás, Vicente y Estebán esperando con ansias en la plaza la llegada de Mateo junto al balón de fútbol, sin embargo, si figura no se veía por ningún lado, pasaban y pasaban los minutos y nada, “ yo los voy a buscar” –dijo Tomás- y se fue raudo corriendo hasta la casa de Mateo.
- ¿y Mateo?, pregunaton los niños a Tomas luego que este volviese.
- Esta castigado.
Todos los domingos, Mateo y sus amigos se juntaban en la cancha de tierra a patear de pura diversión, fútbol por doquier, dos piedras como arco, los goles valían de cualquier lado y la llave de la plaza servía como refresco cuando el cansancio se apoderaba de los cuerpos.
La pelota de Mateo había sobrevivido a lo que las otras no habían podido, sin embargo, las reglas del fútbol no son las mismas que la de la casa, al arbitro se le puede alegar e insultar, pero a tu madre no.
Mateo disfrutaba con los enganches y paredes, pero sufría con las multiplicaciones y divisiones, Mateo disfrutaba con los goles y el triunfo, pero sufría con las derrotas y los decimales. Así como el técnico es claro en dar las indicaciones a sus jugadores, la madre de Mateo era clara también en sus decisiones: si sacaba un rojo más en matemáticas, sería castigado y debería olvidarse por un tiempo de jugar al fútbol con sus amigos, es decir, la pelota de fútbol estaría abandonada en una bodega por un buen tiempo hasta que Mateo logrará vencer por goleada a las matemáticas.
El partido mas difícil que tenía que enfrentar había llegado, era el y la prueba de matemáticas, Mateo pensaba que durante la semana se había preparado bien para derrotar por paliza a su duro rival, además sabía que una derrota llevaba a un castigo y que sus amigos quedarían sin pelota de fútbol, no se podía desconcentrar ni menos darse por vencido, partido difícil pero no por eso se debía bajar los brazo, era Mateo y las Matemáticas, partido difícil pero no imposible.
El domingo en la tarde, Benjamín, Tomás, Vicente y Estebán esperando con ansias en la plaza la llegada de Mateo junto al balón de fútbol, sin embargo, si figura no se veía por ningún lado, pasaban y pasaban los minutos y nada, “ yo los voy a buscar” –dijo Tomás- y se fue raudo corriendo hasta la casa de Mateo.
- ¿y Mateo?, pregunaton los niños a Tomas luego que este volviese.
- Esta castigado.
